Verónica Reyero es fundadora de Antropología 2.0 y colaboró con la FGSR en el desarrollo del encuentro sobre innovación del sector del libro en los últimos días de mayo y principios de junio. Entonces un grupo de expertos de la industria editorial del ámbito internacional, así como analistas de los comportamientos culturales y de consumo se unieron “digitalmente” para tratar de desentrañar las claves primeras del confinamiento mundial en esta industria. Este encuentro ha sido apoyado por el Ministerio de Cultura y Deporte.

Verónica se encargó de diseñar estrategias para el desarrollo de una de las sesiones de trabajo y también llevó a cabo una presentación que despertó mucho interés. Después de ocho mese de pandemia aporta unas notas sobre la relación entre la experiencia física y los cauces digitales y su fragilidad en el terreno de la lectura.

¿Durarán mil años los libros digitales?
Verónica Reyero

Hay pocos placeres como levantarse un sábado por la mañana y tomar café al amparo de un libro. El mayor riesgo es que nuestra bebida se derrame sellando las páginas del libro con una perenne mancha marrón. Lo cual podía llegar incluso a denostar solera; una historia paralela a la que esconden sus páginas. Pero, ¿qué pasa si se me cae el café en mi tableta mientras leo? ¡Pánico! Se acelera mi pulso y mi presión cardiaca. Es un aparato nuevo y no ha sido precisamente barato. Agarro un trapo y lo seco rápidamente ¿Habrá penetrado café en los circuitos? ¿Afectará a su funcionamiento? ¿En serio tengo que buscar ahora la garantía? En ese momento pienso en lo fácil que se rompen las nuevas tecnologías y en cómo las de antes, como los libros físicos, no eran tan delicadas. Aguantaban mejor los derrames de café y en general las vicisitudes de nuestras caóticas vidas.

Durante los primeros meses de la crisis covid cualquier objeto que fuera manoseado por muchos, como un libro, era sospechoso de ser un agente virulento. Quién sabe si el virus podría haberse cobijado entre los recovecos de la tinta. Siendo las pantallas menos sospechosas no es de extrañar que la venta de libros digitales se disparase. A mitad del apogeo Kindle-19 tuve la oportunidad de participar en Readmagine2020, donde, entre otras cuestiones, reflexionamos sobre el futuro de las bibliotecas, y si algún día volveríamos a visitarlas para tocar, oler y sentir las páginas de los libros que albergaban.

Lo cierto es que muchas bibliotecas del mundo ya se han puesto las pilas y han ideado formas de adaptarse a los nuevos tiempos. Años de digitalización de muchas de sus obras y documentos han traído la consecuente reducción del espacio destinado a conservarlas.  Entonces, ¿a qué destinarán las bibliotecas sus espacios? ¿Cómo pueden adaptarse a la nueva realidad y conservar su lugar privilegiado en la transmisión del conocimiento?

Las bookless libraries son espacios públicos que no tienen libros físicos, y en su lugar ocupan las salas con ordenadores, proyectores y otras tecnologías que permiten a sus usuarios acceder a obras de todo tipo en formato electrónico. La prestigiosa biblioteca médica de la Johns Hopkins University fue en 2012 una pionera en transformar su biblioteca en una bookless library. El mayor argumento a favor de esta estrategia vino del propio personal de la biblioteca. Calcularon que en un día promedio entraban a la biblioteca un centenar de personas de las cuales solo cuarenta sacaban algún libro. En cambio, más de 35.000 artículos se descargaban diariamente en su web. La gente seguía buscando información, pero no de la misma manera.

No cabe duda de que la digitalización ha transformado la sociedad entera. Pero esto no exime un punto de vista crítico, con amplitud de miras, hacia los riesgos que puede conllevar.

Por ejemplo ¿qué pasaría con todas las obras digitales en caso de apagón electrónico? ¿Podrían caerse los servidores donde las tenemos alojadas? ¿Podrían ser hackeadas? Todo esto puede parecer impensable, casi tanto como una pandemia y confinamiento global a finales del año pasado. Si algo hemos aprendido este bizarro 2020 es que debemos estar preparados para los futuros improbables. Sabemos que los libros impresos pueden durar milenios con nosotros (como “El Sutra del diamante” cuya impresión está datada en el año 868 y aún seguimos conservando una copia), pero no tenemos ni un ápice de garantía de que las obras digitalizadas vayan a durar tanto.

Luego está la cuestión sensitiva. No podemos omitir que siempre habrá personas que disfruten oliendo un libro, anotando ideas en el margen de sus páginas, contemplándolo en su biblioteca o prestándoselo como acto de reciprocidad a algún buen amigo. Los libros a fin de cuentas son también extensores de nuestra identidad. Simbólicamente mucho más potentes que un mero contenedor de conocimiento.

Si bien la industria editorial venía avizorando la digitalización como una cuestión inminente, y esto no es a priori negativo, lo cierto es que no podemos dejarnos engullir por una actitud acrítica hacia lo digital. Por ello, considero que cuestiones como la ciberseguridad, o la función identitaria de los libros deben ser tenidas en cuenta en cualquier debate editorial contemporáneo.