Luis González y Miha Kovač Lectura: poder y democracia
La segunda sesión de LECTURALAB 25, organizada por la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, reunió al director general de la Fundación, Luis González, y al investigador esloveno Miha Kovač —coautor del influyente Manifiesto de Liubliana— para reflexionar sobre el papel de la lectura ambiciosa en la configuración de sociedades democráticas. Su conversación entrelazó anécdotas personales, resultados de investigación y una reflexión profunda sobre cómo está cambiando el propio concepto de lectura en un mundo marcado por la saturación digital y la fragilidad democrática.
Hacer visible el papel de la lectura en la democracia
González abrió la sesión recordando su reciente participación en Riga, donde se firmó el nuevo Manifiesto de Riga sobre el futuro de la lectura -inspirado directamente en el Manifiesto de Liubliana- en la Biblioteca Nacional de Letonia. Este episodio sirvió para ilustrar cómo los debates sobre lectura revelan a menudo preguntas inesperadas y reveladoras. Recordó, por ejemplo, un estudio de grupos focales, realizado años atrás con nuevos madrileños procedentes de Europa del Este, China, el norte de África y la región andina de América Latina. En el grupo de mujeres no lectoras, varias describieron al «lector» como un hombre rico, con barba, gafas y una biblioteca privada llena de volúmenes encuadernados en piel, un estereotipo completamente alejado de la realidad de que las mujeres son, estadísticamente, quienes más leen. Para González, esta imagen sintetiza algunas de las barreras simbólicas que aún dificultan que la lectura -especialmente la lectura de alto nivel- se perciba como algo accesible y propio.
A partir de ahí, defendió la necesidad de transformar radicalmente la comunicación en torno a la lectura. Mientras otros sectores -el sanitario, el deportivo, el empresarial- utilizan estrategias modernas de marketing, el mundo del libro sigue comunicando de forma tradicional, poco eficaz para atraer nuevos públicos. La Fundación está apostando por explicar de forma más clara el vínculo entre la lectura ambiciosa, el pensamiento analítico y la convivencia democrática. En un momento en que el concepto de lectura se expande -entre audiolibros, podcasts y consumos híbridos- es necesario también definir con precisión qué entendemos por leer. Tras debates recientes con Christoph y Kristen Einarsson, se alcanzó un consenso en los estudios europeos: la escucha de audiolibros debe registrarse como comportamiento lector, pero no toda escucha convierte a alguien en lector de libros, especialmente cuando se realiza de manera distraída en el gimnasio o corriendo. Esta expansión semántica exige una taxonomía clara para orientar políticas públicas, investigación y comunicación; de lo contrario, se genera confusión y se diluye el impacto de las intervenciones.
El fundamento del manifiesto de Liubliana
Fue entonces cuando Miha Kovač tomó la palabra para profundizar en la base intelectual de este debate: el Manifiesto de Liubliana. Recordó que su origen se remonta a la Declaración de Stavanger, un proyecto europeo nacido en los años 80 para estudiar la diferencia entre leer en papel y leer en pantalla. Cinco metaestudios demostraron de forma consistente que la comprensión de textos largos es mejor en papel; en tabletas y teléfonos, además, los lectores tienden a sobreestimar lo que han entendido. Algo similar ocurre con la lectura de obras literarias extensas. Estos resultados llevaron a Kovač y a otros investigadores a preguntarse no sólo cómo leemos, sino qué es leer y por qué sigue siendo esencial. El teléfono inteligente, afirmó, es quizá la invención más brillante —y a la vez más problemática— de la historia humana: un dispositivo que condensa todos los medios analógicos en un solo formato. En ese entorno, surge la necesidad de lo que llaman “lectura de alto nivel”: la capacidad de supervisar la propia atención, reconocer la comprensión superficial y buscar deliberadamente una lectura más profunda de textos complejos que exigen paciencia intelectual. Se trata de una habilidad nueva, impulsada por la digitalización, y a la vez de una habilidad antigua, vinculada a lectura sostenida de obras exigentes.
Kovač planteó entonces una pregunta crucial: ¿podemos convertirnos en pensadores analíticos y creativos en la era de la inteligencia artificial si no entrenamos nuestros cerebros mediante la lectura profunda? Para ilustrarlo, compartió un experimento humorístico con ChatGPT, que generó una imagen suya “rejuvenecida” como metáfora de la atrofia cognitiva que podría producirse sin actividad intelectual. Igual que el cuerpo, la mente necesita ejercicio. El sistema educativo, sin embargo, tiende a subestimar la capacidad cognitiva de los niños y a no exigirles lo suficiente. La ambición intelectual, subrayó, no es opcional: es una condición necesaria para la salud democrática a largo plazo.
A continuación, presentó datos del estudio internacional PIAAC sobre alfabetización adulta. Los países con mejores resultados de lectura —aquellos con más adultos capaces de comprender textos largos y resolver problemas complejos— coinciden casi exactamente con los países más innovadores según la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual, y también con las democracias más sólidas según el Instituto V-Dem. En contraste, los países con peor rendimiento lector incluyen varios regímenes no democráticos o democracias en regresión. La correlación es clara: la capacidad lectora, la innovación y la democracia avanzan juntas. Para Kovač, es una de las razones más evidentes para defender la lectura de libros y no abandonar la lectura profunda.
Trabajando por una visión europea de la lectura como instrumento democrático
Volviendo a la conexión entre lectura y ciudadanía, González y Kovač analizaron cómo la ficción desarrolla la empatía, la capacidad de ponerse en el lugar del otro y el pensamiento estratégico. Citaron estudios que muestran que muchos líderes del sector tecnológico proceden de carreras de humanidades, precisamente porque habían sido lectores intensos. Leer ficción implica anticipar, reconstruir emociones y comprender motivaciones, habilidades que no se aprenden en una hoja de cálculo, pero sí en una novela.
La conversación se cerró con una reflexión sobre la vulnerabilidad de las democracias. Según los últimos datos de V-Dem, el porcentaje de población mundial que vive en democracias liberales ha caído dramáticamente desde 1995. Para Kovač, que vivió las guerras yugoslavas y sigue de cerca la invasión rusa de Ucrania, este retroceso recuerda dolorosamente a los años 30. Sin embargo, también evocó cómo Estados Unidos logró preservar su democracia en aquella época mediante el New Deal, una política basada en la inversión masiva en educación y la creación de bibliotecas públicas. Hoy, Europa sigue siendo uno de los pocos bastiones democráticos del mundo, y su defensa —afirmó— depende de proteger su recurso más valioso: su capital intelectual. Como añadió González, Europa no tiene petróleo ni grandes reservas naturales; su materia prima son los cerebros. La lectura —exigente, ambiciosa, analítica— es al mismo tiempo un derecho y una necesidad estratégica.
En esta línea, la Fundación Germán Sánchez Ruipérez y sus socios continúan trabajando en proyectos que conectan lectura y ciudadanía, desde iniciativas paneuropeas hasta programas experimentales locales con jóvenes. El objetivo es generar herramientas, evidencias y narrativas capaces de fortalecer la cultura democrática en un momento de enorme presión. La sesión concluyó con una convicción compartida: la lectura no es la única vía hacia una sociedad democrática, pero sin ella ese futuro es casi imposible de imaginar.




