De qué hablamos cuando hablamos de lectura de alto nivel
La tercera sesión de LECTURALAB 25 reunió a dos perfiles clave para entender el vínculo entre lectura y democracia: el psicólogo social Emanuele Castano y el especialista en estudios del libro Christoph Bläsi, presentados por Luis González, director general de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez. Si en las sesiones anteriores se había hablado de prácticas y políticas de fomento lector, aquí el foco se desplazó a una pregunta más específica: qué tipo de lectura importa cuando hablamos de competencias cognitivas, empatía y mentalidad democrática, y qué sabemos realmente, desde la evidencia empírica, sobre los efectos de leer.
Evolución del papel de la lectura: de reforzar la cohesión dentro de un grupo hasta potenciar la empatía respecto a los ajenos al grupo
Castano situó la conversación muy lejos en el tiempo. Recordó que las historias acompañan al ser humano desde hace al menos 40.000 años, mucho antes de la escritura y probablemente incluso antes del desarrollo pleno del lenguaje. Las pinturas rupestres, sugirió, son ya fragmentos narrativos: escenas de caza, consejos codificados para pequeños grupos de cazadores. A lo largo de la evolución, las historias -orales primero, escritas después en papiros, libros manuscritos e impresos- han cumplido varias funciones decisivas. Por un lado, ofrecen un relato sobre el mundo y sobre nuestro lugar en él; de ahí que uno de los libros más leídos de la historia, la Biblia, sea sobre todo una gran narración que otorga sentido e identidad. Por otro, moldean nuestra cognición y nuestros afectos: configuran esquemas mentales con los que interpretamos la realidad, los grupos sociales, las instituciones, las categorías de “nosotros” y “ellos”. Y, en tercer lugar, ayudan a definir precisamente esos grupos, a trazar fronteras entre comunidades, nacionalidades, culturas o religiones. Antropólogos como los que trabajaron en Papúa Nueva Guinea han descrito cómo las historias alrededor del fuego crean redes más amplias de pertenencia, cooperación y confianza. Autores como Yuval Noah Harari han insistido en que la ficción permite imaginar colectivamente mitos compartidos que hacen posible la colaboración a gran escala.
A partir de ahí, Castano planteó que, en los últimos cien años, algo ha cambiado en profundidad. Durante decenas de milenios, la función principal de las historias fue reforzar la cohesión del grupo; hoy, cierto tipo de ficción cumple además otra tarea: expandir nuestra empatía hacia quienes no pertenecen a nuestro entorno inmediato.
Recuperó una idea de la filósofa Martha Nussbaum: la literatura, entendida como ficción literaria, amplía nuestra capacidad de ver la humanidad de quienes son distintos a nosotros y educa nuestras emociones. En este giro, la narración deja de servir solo para consolidar identidades internas y pasa a cuestionar esencialismos, nacionalismos rígidos o visiones cerradas del otro. Esa tensión entre historias que «unen hacia dentro» y ficciones que nos empujan a mirar «hacia fuera» se convirtió en uno de los ejes de la sesión.
Castano distinguió entonces entre ficción popular y ficción literaria. No se trata, aclaró, de una jerarquía moral ni de dividir la literatura en «alta» y «baja», sino de reconocer que cumplen funciones diferentes y activan procesos cognitivos distintos. La ficción popular tiende a reforzar esquemas conocidos, a ofrecer tramas más previsibles, a confirmar identidades y roles sociales; es una fuerza centrípeta: construye grupos, identidades nacionales, sensación de pertenencia. La ficción literaria, en cambio, introduce ambigüedad, complejidad psicológica, finales menos predecibles, puntos de vista múltiples; actúa como fuerza centrífuga: individualiza, ayuda a cuestionar prejuicios, abre espacio para los derechos humanos y la consideración de las minorías, es decir, para una sensibilidad más próxima a la democracia liberal.
Para sostener estas afirmaciones, Castano aludió a una línea de investigación experimental que analiza los efectos de leer diferentes tipos de historias. En estudios controlados, se pide a personas que completen finales de relatos a los que se les han retirado las últimas páginas. Quienes leen principalmente ficción popular tienden a producir desenlaces muy parecidos entre sí, siguiendo patrones narrativos esperables; quienes leen más ficción literaria ofrecen finales mucho más variados, lo que apunta a esquemas mentales más flexibles. Algo similar ocurre cuando se analiza el lenguaje con herramientas de lingüística computacional: los modelos de inteligencia artificial predicen con bastante facilidad la siguiente palabra o frase en textos de ficción popular, mientras que «fallan» más en textos literarios, menos estandarizados. Desde esta perspectiva, enfrentarse a relatos menos predecibles es una forma de entrenamiento cognitivo, un ejercicio que amplía el repertorio de interpretaciones y matices con que leemos el mundo social.
Castano recordó también resultados acumulados en psicología y ciencias sociales: la lectura de ficción literaria está asociada -y en algunos diseños experimentales puede decirse que contribuye causalmente- a menor proyección social (menos tendencia a atribuir el comportamiento de los demás a rasgos fijos de su grupo), menor esencialismo psicológico, menos estereotipos, menos sexismo, mayor sensibilidad ante la injusticia y mejor «teoría de la mente», es decir, mayor capacidad para inferir estados mentales ajenos. Todo ello está en el corazón de una cultura democrática que reconoce la complejidad de las personas y desconfía de explicaciones simplistas basadas en etnia, religión o nación.
Christoph Bläsi tomó el relevo para ampliar el foco y preguntarse qué sabemos, en general, sobre los efectos de la lectura y cómo se puede utilizar esa evidencia para orientar políticas. Recordó que la lectura no solo permite la participación básica en una sociedad -comprender un horario, un programa electoral, una instrucción médica-, sino que también activa la imaginación, favorece la empatía y puede mejorar la salud y el bienestar. Mencionó, por ejemplo, las experiencias de biblioterapia con materiales seleccionados para personas con depresión y estudios en Reino Unido que muestran que quienes leen por placer al menos 30 minutos a la semana tienen más probabilidades de sentirse satisfechos con su vida que quienes no leen. Aun así, insistió en que todavía falta mucha investigación sistemática, especialmente en lo que respecta a la relación entre lectura y mentalidad democrática.
Los tipos, situaciones y formas de la lectura producen efectos distintos
Bläsi subrayó la importancia de pasar del discurso general sobre «los beneficios de leer» a un enfoque más preciso: identificar qué tipo de lectura, en qué situaciones, produce qué efectos positivos. Para ello, propuso pensar en «firmas» o perfiles de actividades lectoras: no es lo mismo enseñar alfabetización básica que promover la comprensión de obras complejas; no es lo mismo escuchar un audiolibro mientras se corre que leer un texto exigente en papel. Aun defendiendo que la escucha de audiolibros debe ser considerada en las estrategias del sector -por su relación con los modelos de negocio y la industria editorial-, recordó que desde el punto de vista neurológico y cognitivo no equivale a la lectura profunda de un libro. Su propuesta consiste en seleccionar un objetivo (por ejemplo, fortalecer el pensamiento crítico o la empatía), delimitar qué situaciones lectoras pueden favorecerlo, diseñar medidas para que esas situaciones se produzcan más a menudo y, finalmente, medir los resultados con indicadores claros.
Lectura ambiciosa y democracia
A partir de aquí, Castano y Bläsi conectaron estas ideas con los proyectos de investigación en marcha junto a otros colegas del foro. El objetivo es testear empíricamente la relación entre lectura de alto nivel -o lectura ambiciosa, en la expresión que había sugerido Luis González en la sesión anterior- y mentalidad democrática. En la práctica, esto implica diseñar experimentos en los que se expone a grupos de estudiantes de secundaria y universitarios a determinadas prácticas lectoras (lectura crítica de información en línea, lectura de ficción literaria, etc.), comparar sus respuestas con grupos de control y observar cambios en variables como la disposición al diálogo, la confianza en las instituciones, la sensibilidad ante las minorías o la voluntad de participación cívica. Los resultados deberían servir después para formar a docentes, orientar currículos y reforzar espacios de educación no reglada donde los jóvenes puedan elegir qué leen y cómo, también en diálogo con jóvenes de otros países.
En el tramo final de la sesión, surgió una pregunta inevitable: ¿qué pasa con quienes se consideran demócratas, participan en política, pero no leen? ¿No serían un contraejemplo de la supuesta conexión entre lectura de alto nivel y democracia? Castano respondió que es perfectamente posible llegar a ser un buen ciudadano sin ser lector; la lectura no es la única vía para cultivar sensibilidades compatibles con la vida democrática. Pero matizó que habría que preguntar a esas personas qué entienden por «ser democrático». Muchas veces, dijo, se reduce la democracia a votar y aceptar que la mayoría gobierna. La democracia liberal, en cambio, incluye otros pilares: protección de las minorías, separación de poderes, confianza en instituciones independientes, respeto a los derechos humanos. Ahí es donde la lectura de historias complejas, que muestran la ambivalencia de los personajes y la influencia del contexto en su conducta, puede jugar un papel decisivo, porque entrena la mente para ver más capas en los conflictos sociales y políticos.
La sesión concluyó con la sensación de que estamos lejos de tener todas las respuestas, pero más cerca de formular bien las preguntas. No basta con afirmar que «leer es bueno»; es necesario entender qué leemos, cómo lo leemos y qué efectos distintos tiene la ficción popular y la ficción literaria en nuestra manera de pensar y convivir. Si, como sugieren Castano y Bläsi, las historias han sido durante milenios la tecnología básica con la que hemos construido comunidades, hoy la tarea es doble: seguir aprovechando su fuerza de cohesión y, al mismo tiempo, potenciar aquellas formas de lectura -las más exigentes, las más imprevisibles- que nos impulsan a reconocer la complejidad del otro y a sostener una democracia que no se agota en las urnas.




